7 de febrero de 2018

El problema de la prueba y cuantificación del daño moral en la indemnización por daños a animales.

Autora: Carmen Andrey Martín, abogada
Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla


El vínculo de afectividad que podemos llegar a tener con nuestra mascota puede ser tan intenso como el que tengamos con un familiar. Una afirmación innegable y creo que, a estas alturas, socialmente más que aceptada. De esta forma, a la hora de reclamar una indemnización por daños ocasionados a nuestras mascotas es precisamente el daño moral el que mayor relevancia adquiere para determinar el quantum indemnizatorio:

En cuanto a los gastos veterinarios o aquellos ocasionados por deshacerse del cuerpo del animal en caso de muerte la postura mayoritaria de los jueces pasa por no incluir gastos de alimentación y cuidados veterinarios, en cuanto son necesarios e indispensables para la propia tenencia del animal y no derivan del accidente o hecho en cuestión que haya motivado la petición de indemnización. En cuanto a los segundos sí que suelen incluirse, salvo los gastos de incineración, sobre los que hay mayor discusión, encontrando posiciones más dispares en los tribunales.

Si hablamos de una responsabilidad contractual es posible que en el contrato se haya especificado la cantidad a indemnizar en caso que el animal sufra daños o incluso la muerte. En este caso habrá que estar a lo acordado pero, en función de las circunstancias del caso concreto, en ocasiones será posible también añadir una indemnización por daño moral.

Si hablamos de una responsabilidad extracontractual habrá que ver si hemos pagado alguna cantidad para adquirir al animal: en caso afirmativo esta cuantía será fácilmente acreditable mediante ticket o factura de compra y concretará una cuantía específica. Ahora bien, ¿Y si no lo hemos comprado? ¿El no tener valor de adquisición implica que el animal no tenga valor ninguno? Obviamente esto no tendría sentido. Los jueces suelen tener en cuenta también otros parámetros como la edad, raza o, si ha recibido adiestramiento (pensemos en caballos de monta o halcones de cetrería), tiempo y materiales empleados en el mismo, etc...

Vamos incluso un paso más allá: si existe una propuesta de reforma legislativa que aboga por considerar a los animales como “seres vivos dotados de sensibilidad” no tiene mucho sentido tratarlos como “mercancías” a la hora de fijar su valor económico en base a facturas de compra o depreciaciones existentes en el mercado por el paso del tiempo. Esto nos lleva a la reflexión inicial: es el carácter moral del daño, y no el material, el imperante en este tipo de situaciones.

Su importancia, no obstante, es directamente proporcional a la dificultad de probar la existencia del daño y la cuantificación del mismo. ¿Cómo pueden resolverse ambas dificultades?

El baremo de accidentes de tráfico, que se usa como criterio orientador para otros supuestos fuera de los expresamente contemplados parece evidente que no tiene cabida en relación a este tema.

Una posibilidad es, en caso que exista una reclamación por daños materiales, unir la del daño moral a modo de porcentaje de la cantidad correspondiente a los materiales. No me parece personalmente una opción adecuada en este caso, dado el planteamiento del que parto: no solo es posible, sino que así ocurrirá en la mayoría de los casos, que el daño moral sea mayor que el material o incluso que este último no exista siquiera. En mi opinión son conceptos independientes.

La opción más razonable bajo mi punto de vista es cuantificar la petición en base a la jurisprudencia existente, aplicándola cuando sea posible, por analogía, a las circunstancias de nuestro caso concreto: por ejemplo, el extravío del animal por varios días o una larga enfermedad puede claramente causar sufrimiento y padecimiento psicológico a su dueño. Lo mismo digo si este último se ve obligado a presenciar la muerte violenta del animal, y esto como meros ejemplos. También parece claro que, cuanto más tiempo se haya convivido con el animal, mayor será el vínculo de afectividad con su dueño y, en definitiva, se irá incrementando la cantidad a reclamar. Otros criterios pueden ser también el tipo de animal del que hablemos: en principio no parece que podamos establecer la misma relación de afectividad con un perro que con el típico pez de colores. E incluso si hablamos del mismo tipo de animal cabe hacer distinciones: ¿Cuál es el daño moral del dueño por la pérdida de un perro guardián del ganado? No parece que pueda ser el mismo que aquel que convive con el animal (más aún si es por largo período de tiempo) y lo tiene perfectamente integrado en su núcleo familiar.

Otra opción: solicitar al juez que establezca una indemnización por daño moral en base a criterios de equidad, sin determinar una cantidad específica en nuestra demanda. Personalmente prefiero la opción anterior ya que, si bien es innegable que nuestra petición va a tener un marcado carácter subjetivo, ello no es obstáculo para que sea razonable; además, le podremos ofrecer al juez una relación más detallada de las circunstancias de nuestro caso que deben ser tenidas en cuenta para valorar económicamente ese daño moral.

En cualquier caso está claro que, dada la ausencia de un baremo que aporte seguridad jurídica a la hora de cuantificar este daño moral, serán los jueces los que analizarán el caso concreto y fijarán la indemnización en consecuencia.

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Imagen inicial: pexels