27 de abril de 2016

¿Quién dijo miedo?

Autora: Ainhoa Pérez Roca, abogada
Vicepresidenta de Educación del Club de Oratoria Toastmasters Málaga PTA
Miembro del Comité Organizador de TEDxMalagueta


“Con la venia, Señoría”. Sudor frío, mariposas salvajes en el estómago, temblor en la voz, corazón desbocado... ¿Me puedo acoger a la quinta enmienda? ¿Ah, pero no se aplica en España, ni por analogía? ¿Y si salgo corriendo? ¿Me demandará el cliente? ¿Me expulsarán del ICAMÁLAGA? ¡Aguanta! ¡Tú puedes! Nadie ha muerto de esto. ¿O sí?

¿Os suena? Enhorabuena a los que no habéis tenido que pasar por esto. Yo os confieso que lo sufrí y quiero compartir con vosotros mi historia.

Cuando empecé a ejercer fue cuando descubrí mi miedo a hablar en público. Ya me temí algo cuando en el Tribunal Supremo, cantando temas para acceder a un puesto de judicatura, no acerté en la fecha de nuestra querida Carta Magna. En aquel entonces pensé que sería la magnificencia del entorno, la presión y responsabilidad que recaía sobre mis hombros, ese Tribunal con cara de pocos amigos, la obsesión de conseguir una plaza o una conjunción de todo ello, que no era poco...
En contra de mis planes, me encontré dedicada al entregado ejercicio de nuestra profesión en un despacho de abogados. Con la excusa de que, tras cuatro años opositando, era una biblioteca de códigos andantes, en el despacho me dedicaba, especialmente, al estudio de los asuntos, y no tenía necesidad de asistir a juicios con frecuencia.

La vida quiso mimarme, y me sacó de aquel despacho para comenzar a trabajar en el departamento de RRHH de una gran empresa, donde la asistencia a juicios la llevaban abogados externos. Yo era feliz, aplicando mis conocimientos al asesoramiento y gestión de asuntos jurídicos varios.
Hay abogados que dedican su carrera profesional al asesoramiento, a la negociación, o a algún otro campo. Lo hacen de manera encomiable, y se sienten realizados y plenos. Yo descubrí que, lamentablemente, no pertenezco a ese grupo.

Aún sin tener la necesidad de acudir a juicios, sentía una espina de las que duelen, y quería sacármela. Quería elegir mi camino en libertad, sin limitaciones, no viéndome abocada a un callejón en el que no quería permanecer el resto de mi carrera porque mi miedo me obligaba a ello. No era cuestión sólo de la asistencia juicios, quería poder preguntar tranquilamente la duda que me surgiera en una conferencia, sin sentir que el corazón se me salía del pecho.

Nunca lloré en una vista, como me han contado, ni me inventé la profesión de mi cliente, balbuceando, como he visto…Los compañeros que me vieron decían que disimulaba bastante bien… pero ¿merecía la pena? esos nervios, esas tilas previas, esos desvelos y ese trance en el que entraba cuando pisaba una sala de vistas, cuando mi cuerpo activaba el “modo pánico”. ¿Cuánto aguantaría así si, finalmente, surgía la oportunidad, y decidía cumplir mi sueño de ejercer por mi cuenta?
Comencé a devorar libros de oratoria, a asistir a multitud de conferencias sobre el tema...aprendí mucho, pero noté poco.

Hasta que un buen día coincidí en una fiesta con la fundadora de un Club de Oratoria. Empezó a relatarme las sesiones, a explicarme su dinámica y, solo de visualizarme allí, empecé a entrar en ese "modo pánico" que me era tan familiar. Envidiaba a sus miembros, que eran capaces de enfrentarse a una audiencia sin sentir desvanecer, los veía como superhéroes.

Llegados a este punto, he de confesaros que la pócima secreta o el milagro que yo esperaba para vencer este miedo no existe y os aseguro que la busqué. Sólo hay una fórmula, y no es agradable: practicar, seguir practicando y practicar un poco más….

Una vez que decides que vas a mirar de frente este miedo y vas a dejar de darle la espalda, la primera vez que te pones ante una audiencia, te suda hasta el último poro de la piel, sientes palpitaciones durante una media hora, no recuerdas nada de lo que has dicho y si sufrieras un infarto, lo entenderías. Así visto, resulta hasta masoquista intentarlo, ¿verdad? pero en las sesiones conoces a personas que te cuentan que han pasado por lo mismo, y tú, incrédula, te quedas con la duda de si mienten, al verlos en escena. La sola posibilidad de hablar como ellos, con esa seguridad, ese temple, hace que merezca la pena intentarlo.

Sigues acudiendo a las sesiones y comienzas a participar, empiezas a notar un cierto progreso, a adoptar tu propio estilo, donde te sientes cómodo, después de descubrir tus virtudes y tus limitaciones, a través del feedback de tus compañeros. Y pasan las sesiones y afrontas lo que antes evitabas, pides los roles que no te gustan, vas superando retos, te ves levantando la mano para hablar de temas de los que no tienes ni idea de lo que vas a decir cuando te levantas del asiento,...y de pronto te enfrentas a un monólogo, a pesar de la poca gracia que tienes. Un día te encuentras participando en un concurso de oratoria, o dando una ponencia en un congreso, y no te lo puedes creer, pero te lo crees, porque miras hacia atrás y no se te olvida cómo has llegado hasta allí, todo el esfuerzo, toda la voluntad, que, por fin, han tenido su recompensa.

Cuando tuve la oportunidad de ejercer sola, por mi cuenta y riesgo, ya había salido del callejón, le había hecho las maletas al miedo, y pude elegir con libertad mi camino.
Mi pasión por la oratoria, en la que siento que soy una principiante, me ha llevado a involucrarme en el Comité del Club de Oratoria que me ayudó a superar mi miedo, como nuestra de agradecimiento. Gracias a que un día decidí mirar al miedo a los ojos, no sólo pude superarlo, si no que he conocido a personas maravillosas, con mucho que ofrecer, y actualmente estoy embarcada, con un grupo de amantes de la oratoria, en un proyecto apasionante, que se llama TEDxMalagueta, que tendrá lugar el próximo 28 de Mayo, con ponentes que, de principiantes tienen poco, y que traerán al evento ideas que vale la pena difundir sobre el progreso de la humanidad.

La mala noticia, ya la sabéis: no hay pócima mágica, no existen los milagros para vencer el miedo a hablar en público. La buena, buenísima, es que esta fórmula que os traigo es infalible, nunca falla, y la recompensa os aseguro que merece la pena.

No te prometo un camino fácil, pero sí un éxito seguro. No lo dudes, sólo tienes que querer vencer el miedo, mirarlo a la cara, y dar un paso adelante.
¿Te animas?

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Foto inicial: pexels

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