30 de marzo de 2016

Economía colaborativa y sociedad digital


Autor: Manuel Arias Maldonado,
Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga



Napoleón conquistó Europa como Alejandro Magno había llegado hasta Asia: a caballo. Aunque varios siglos separaban a los dos emperadores, sus tecnologías no diferían en exceso. Y no sería hasta la aparición de tanques y aviones que las campañas militares no mudaron de rostro. Sirva esta analogía para recordar que los más profundos cambios sociales, como subrayara Marx, son siempre cambios en su base tecnológica. Ahora mismo, estamos experimentando una transformación de gran alcance debida al proceso de digitalización, resultado del desarrollo de nuevas tecnologías de la información ligadas a la aparición de Internet y la generalización del smartphone. Nuestra sociedad ya era sociedad de la información y ha pasado a ser también sociedad red, organizada en cada vez mayor medida alrededor de plataformas digitales que difuminan las barreras entre producción y consumo: cada uno de nosotros, activos ciudadanos digitales, somos prosumidores que agregan contenidos a la red y consumen contenidos agregados por los demás. En ese contexto, hemos empezado a hablar de una sociedad colaborativa cuyo fundamento es, de forma nada sorprendente, la economía y el consumo colaborativo.

Son destacados ejemplos de actividad colaborativa Wikipedia (enciclopedia online sin ánimo de lucro y escrita por millones de usuarios en todo el mundo), Uber y AirBnB (plataformas digitales que nos permiten usar un servicio de taxi o contratar un alojamiento ofrecido por particulares), los contenidos artísticos abiertos o las formas de ciencia colaborativa que aúnan esfuerzos de sujetos dispersos con intereses comunes (desde la observación astronómica a la anotación de las novelas de Nabokov). Hablamos así de plataformas que facilitan la colaboración entre sujetos antes aislados entre sí, capaces de intercambiar bienes o servicios sin ánimo de lucro. Si somos estrictos a la hora de hablar de economía colaborativa, se trata de bienes ociosos: el asiento vacío en nuestro coche, el sofá del salón, la mecedora que cambiamos por una patineta. Las nuevas tecnologías traen consigo un descenso dramático de los costes de transacción y facilitan la creación de comunidades que albergan las nuevas formas con que se despliega la vieja tendencia humana -innata, al decir de Adam Smith- a la colaboración y el intercambio.

¿Podemos hablar, pues, de una sociedad colaborativa radicalmente distinta de la precedente? Hay quienes así lo piensan: la sociedad de coste marginal cero estaría produciendo un cambio cultural cuya base son las conductas colaborativas, la organización horizontal y no jerárquica, la transparencia y la trazabilidad en los procesos de producción, así como la preferencia por las recompensas intrínsecas antes que materiales. Se trata de una dinámica alejada del viejo colectivismo centralista; Neil Gorenflo habla de un "individualismo colaborativo". Otros esperan que el consumo colaborativo traiga consigo el fin de la "neofilia" que nos empuja a adquirir nuevos bienes sin pausa. Incluso se anuncia una nueva concepción del poder ligada a la generalización de los instrumentos colaborativos, que vería limitada la potencia de las viejas entidades estatales en favor de movimientos y campañas ciudadanas. Paul Mason, elevando la apuesta, llega a ver en estas nuevas tecnologías la semilla del postcapitalismo.

Puede ser; pero quizá no convenga exagerar. En realidad, la colaboración ha sido siempre un fundamento de la organización social, sólo que en conjunción con actitudes competitivas que no van a desaparecer ni, a decir verdad, están del todo ausentes en la esfera colaborativa. Véase la evolución experimentada por algunas de las plataformas antecitadas, originadas en la pura cooperación y rápidamente convertidas en empresas que no osan decir su nombre. Por lo demás, ¿hay algo más capitalista que convertir la mecedora olvidada en el desván en un objeto de intercambio? Por añadidura, estas formas de colaboración sólo pueden florecer en sociedades liberales donde rigen el imperio de la ley, los derechos de propiedad y la independencia de los tribunales; no tiene así demasiado sentido contraponerlas a un contexto social que ayudan a transformar en una dirección interesante.

Ahora bien, conviene subrayar que crean no pocos problemas por el camino: los taxistas protestan contra Uber, los hoteleros contra AirBnb, los salarios descienden. Es aquello que Hayek llamaba la "compulsión impersonal" del cambio económico que obliga a todos los actores sociales a adaptarse: mientras, unos ganan y otros pierden. Estamos por ello obligados a encontrar la ordenación legal adecuada para repartir los costes y los beneficios de esta reordenación general, sin incurrir en un excesivo proteccionismo de los monopolios ni dejar a los nuevos actores digitales a la intemperie legislativa.

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