7 de octubre de 2015

Doce personas con piedad

Doce hombres sin piedad

Autor: Fernando Jiménez
Promotor de la lectura
Centro Andaluz de las Letras (CAL)

Pensar sobre literatura y justicia es casi equivalente a pensar en literatura a secas. Rebusco en mi cabeza -mejor que en mis estanterías- algunos de mis libros favoritos, que seguro que coinciden con algunos de los vuestros, y de repente me viene la imagen de Meursault matando al árabe en la playa de 'El extranjero' de Camus, o al protagonista de 'El proceso' de Kafka recorriendo pasillos de burocracia procesal, o a Atticus Finch defiendo a un negro sureño injustamente acusado en 'Matar a un ruiseñor' de Harper Lee. Al recrear en la mente algunas de estas lecturas curiosamente casi siempre aparecen como fotogramas: las adaptaciones al cine de muchas de estas historias han contagiado como un virus al mundo de la imagen en movimiento y por tanto no puedo dejar de ver a Gregory Peck o a Anthony Perkins encarnando a los personajes de papel de una manera sin duda definitiva.

Sin saber muy bien por qué -así funciona la asociación de ideas y el contagio en nuestros anaqueles mentales-, después de Gregory Peck en blanco y negro casi siempre aparece en mis pensamientos Henry Fonda, probablemente favorecido por la infinita gama de grises de 'Doce hombres sin piedad'. Aunque inicialmente, como es lógico, esta historia fue una pieza escrita para la televisión, en realidad no se trata de una obra literaria en sentido estricto, al menos no para ser publicada tal cual en forma de libro. Y cuando intento saber el motivo de tan extraña aparición, cuál no es mi sorpresa al reparar de repente en que la visita imaginaria de Fonda no es gratuita: al visualizar a doce señores encerrados en una habitación y sentados alrededor de una mesa en animada discusión en realidad estaba viendo un club de lectura.

¿Y qué tienen que ver un jurado y un club de lectura? Pues aparentemente nada excepto, probablemente, el leve aire civilizadamente anglosajón de ambas instituciones. O quizás todo por esa misma razón. Un club de lectura es un grupo de personas que se reúne periódicamente para hablar de un mismo libro que han leído previamente y se me antojó que el objetivo del encuentro de jurados o clubes era en el fondo el mismo: una docena de personas se dan cita para juzgar a otra o para juzgar un libro, qué más da. La cuestión es decidir algo en común, confrontar ideas y opiniones para llegar con más equidad a alguna conclusión que no sea precipitada e individualmente tomada por el estado de ánimo, los prejuicios o la mera desidia.

En 'Doce hombres sin piedad' la mera presencia de un hombre justo, o mejor aún, escéptico, pero sin duda inteligente, es capaz de arrastrar la opinión de los demás compañeros hasta el punto de modificarla totalmente, y la experiencia de un libro que leído en soledad aburre e incluso irrita también se torna en interés y excitación en cuanto el lector contrasta su opinión formada con la del vecino, hasta el punto de que no es raro que los miembros de estos clubes se vuelvan a llevar el libro para disfrutar de una segunda lectura con más pruebas de convicción, como si fuera un auténtico recurso de apelación al intelecto por parte del mejor abogado de puede tener un texto, es decir, el lector generoso y comprensivo.

Sólo en una cosa los dos términos de la comparación no encajan en absoluto: cuando el título de la película de Lumet habla de 'Doce hombres sin piedad' ('Twelve angry men') se está refiriendo literalmente a "hombres" porque seguramente en la época no se permitía a las mujeres ejercer este derecho en el estado norteamericano en el que se desarrolla la acción. Sin embargo, en los cientos de clubes de lectura que existen en España, y probablemente en el mundo, la cantidad de mujeres excede el 80 o el 90% de los componentes, de la misma manera que son más de la mitad de los lectores en general.

Y al llegar a este punto quizás mi metáfora quedaría invalidada sino fuera por el profundo sentido de justicia y civilización que emana de estos grupos de doce, quince o veinte señores y señoras juzgando un libro, condenándolo para inmediatamente indultarlo, o, mejor aún, absolviéndolo por toda la eternidad. Porque se puede tratar de 'Cristo se detuvo en Éboli' de Carlo Levi, de 'Stoner' de John Williams, o de 'Mi planta de naranja lima' de Vasconcelos, por lo que en realidad no hay acusación, delito ni culpa sino el puro gozo de leer prolongado en el no menor placer de alargar el recuerdo del texto con doce hombres (y sobre todo mujeres), eso sí, con mucha piedad.

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