6 de marzo de 2015

Ejercer la abogacía: ¿un trabajo o una vocación?



Abraham Lincoln le dijo una vez a un estudiante de Derecho:

If you are absolutely determined to make a lawyer of yourself, the thing is more than half done already. (Si estás absolutamente decidido a convertirte en abogado, ya tienes más de la mitad del camino recorrido).

Muchos de nosotros sabíamos, ya desde la adolescencia, que queríamos ser abogados. Quizás la influencia de series televisivas, como "La Ley de los Ángeles", tuvieran algo que ver en ello. O quizás, como se dice en inglés, it runs in the family, es cosa de familia. Un familiar abogado, el padre o la madre por ejemplo, suponen una influencia poderosa si saben transmitir a sus hijos la pasión por la profesión. Tomada la decisión, el camino del abogado requiere de perserverancia y fortaleza. Ser un profesional independiente, cuya materia prima son los problemas de las personas, no es un camino sencillo. Pero sí apasionante.

El primer reto se plantea ya en la carrera. No es precisamente la más práctica del mundo y es necesario hacer uso de codos y memoria para poder terminarla victorioso. Una vez concluida, la competencia es abrumadora. Los graduados en Derecho representan un 5,7% de los egresados en todo el sistema (Fuente: Datos y cifras del sistema universitario español 2012-2013). Tenemos 73 facultades de Derecho en España y si bien no todo el que estudia Derecho encamina su vida profesional al ejercicio, lo cierto es que somos muchos abogados en nuestro país. El simple hecho de lograr una pasantía en un despacho es toda una hazaña, incluso aunque cuentes con un buen expediente. El acceso a las grandes firmas va acompañado de pruebas de selección que bien se asemejan a unas oposiciones, psicotécnicos incluidos.

Y el ejercicio diario, ¿qué decir sobre él? Recientemente abordamos la cuestión del futuro del abogado generalista y de los despachos unipersonales en el post "Del abogado generalista a las empresas de serviciosy nuestro panorama actual revela que el 95% de los despachos españoles se componen de menos de tres abogados. El abogado español sigue siendo en la mayoría de los casos, un profesional independiente, un autónomo en definitiva, que trata de hacer su trabajo diariamente y gestionar su despacho, lograr nuevos clientes y mantener a los existentes, formarse para no quedarse atrás, luchar por la profesión, estudiar los casos a fondo, pagar los gastos de despacho y... vivir de ello. Y todo esto, sin perder el resuello, algo que, señores, requiere tesón.

Pero sin duda es un trabajo fascinante, alejado de la rutina y apegado a la realidad de la vida. Como estudiante, acudir a ver juicios es la cosa más excitante y motivadora que uno puede hacer. Escuchar a un buen procesalista realizar su informe al término de una vista penal, es simplemente, de película. El abogado lo es las 24 horas del día, se siente como tal y por eso es una profesión que pasa con frecuencia de padres a hijos. Es algo mucho más profundo que un trabajo; es una verdadera vocación.


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