8 de octubre de 2012

Abogado, ¿profesión de alto riesgo?


Autor: Pedro Durán Morgado, abogado.

Dice una de las máximas del Consejo General de la Abogacía que “Sin abogados, no hay justicia”. Y no puede ser más verdad, ya no sólo por las situaciones formales en las que las leyes obligan a nuestra participación, sino porque nuestra labor, lejos de ser estrictamente profesional, es, aunque a veces no queramos, algo más.

Y dice también nuestro máximo Órgano de representatividad, que uno de los principales valores de la Abogacía Española es la “confianza /tranquilidad”. Se refiere, seguro, a la que debemos proyectar a nuestro cliente en nuestra tarea. Pero, ¿alguien nos garantiza esa tranquilidad y confianza a nosotros? Puede resultar un poco desorbitado hablar de una profesión de alto riesgo (no trabajamos en una mina, ni en una central nuclear en Fukushima, ni siquiera apagamos fuegos de verano, al menos, física y tangiblemente hablando), pero no puedo dejar de pensar en los acontecimientos de los últimos meses en los que un compañero de Málaga y una compañera de Granada han sido asesinados a manos de ex clientes simplemente porque no estaban “contentos” con el resultado de nuestro trabajo o por pensar que todos somos potentados económicos y que tenemos nuestros despachos repletos de euros.

Sirva esta reflexión como humilde homenaje a Salvador Andrés Reina y Rosa Cobo, que murieron sólo por trabajar en lo que les gustaba, y que nos hace, en determinados momentos, estar alertas ante estos comportamientos, sobre todo, en estos tiempos de continua crispación y dificultades en que nos ha tocado vivir.

¿Vamos a tener que analizar con lupa a cada cliente potencial que llegue a nuestro despacho? ¿Vamos a tener que contratar detectives privados que sigan a nuestros clientes si vemos un atisbo de sospecha en ellos?, ¿o, simplemente, vamos a firmar hojas de encargo con personas que vengan bien vestidas a nuestro lugar de trabajo y nos den buenas “sensaciones” y no nos den motivos para temer algún comportamiento violento?  Pues no, ni lo debemos hacer, ni lo podemos hacer; y no podemos porque nunca debemos olvidar nuestra labor de servicio público  ;no, porque nuestra profesión nos enseña que las apariencias engañan y que debemos fundamentar y probar todo para conseguir el resultado deseado; y no, porque seguro que con esta actitud no trabajaríamos nunca.

Nuestra relación con los clientes, en muchos casos, más allá de ser puramente profesional, entra en otros ámbitos que nos hace crear ciertos vínculos; y eso es peligroso y a la vez necesario, porque debemos conocer bien al cliente para llegar al fondo de lo que vamos a defender, para que con esa confianza de la que habla el Consejo de la Abogacía, nos cuente la verdad que debemos defender, lo que hará más real nuestro trabajo y podremos no engañar a nadie si no sabemos o no queremos dirigir un caso por múltiples razones.

Pero de ahí a que el cliente piense que esa relación es señal de obligación más allá de nuestra labor profesional y diligente que todos debemos cumplir, y que no ganar un caso (que, en última instancia, en un gran porcentaje no depende de nosotros, al haber más figuras en el devenir procesal), les dé derechos para amenazarnos, agredirnos y/o asesinarnos, hasta ahí, hay todo un mundo.
Ya estamos suficientemente mal vistos y tenemos mala imagen por culpa de juicios sociales paralelos que nos asocian a clientes asesinos, pederastas y demás, simplemente por ser sus abogados defensores, una figura que la ley obliga a intervenir, ya sea pagado por el cliente o por turno de oficio, abogados estos que quizá, pierden más que ganan en un caso de este tipo.

Es más, nuestra labor es poco agradable en muchas ocasiones. Sin ir más lejos, ahora habrá un compañero o compañera que, seguramente de oficio y siendo un plato de mal gusto para él o ella, tendrá que asistir al asesino de nuestra compañera Rosa y deberá hacer todo lo posible para que a ese desalmado (por no llamarlo de otra manera) tenga el mejor tratamiento procesal posible y la condena sea la menor en virtud de sus explicaciones y su defensa de algo que, a nivel personal y social, sería indefendible. 

Pero somos, ante todo, y debemos ser, profesionales. Acabo con lo que dice la Carta de Derechos de los Ciudadanos ante la Justicia del Ministerio de Justicia, que en su título tercero nos impone una conducta deontológicamente correcta, y se establece un claro derecho a que el cliente esté informado. Esto lo tenemos claro desde el primer curso de la carrera. Pero también va siendo hora de que alguien informe de nuestro trabajo y que dejen de zarandearnos a las entradas de los juzgados cuando son juicios de alcance social o de disputas entre familias; que dejen de pintar nuestros coches; que dejen de amenazarnos; que dejen de acercarnos micros de medios de comunicación que sólo quieren amarillismo y titulares no muy ciertos, y que se respete un trabajo que no es más que un servicio a la sociedad por el que, por supuesto, cobramos porque lo hacemos con diligencia , aunque, eso sí, muchas veces, tarde y mal, y no sabemos si en algunas ocasiones compensa tanto descontento y riesgo.


 Si te gustó esta entrada, tal vez te interese leer:
- Reflexiones de una letrada penalista
- La venia


Imagen superior tomada de http://www.abogacia.es

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Déjanos aquí tu comentario. ¡Gracias por participar en la conversación!